El hombre creyente

tormenta eléctrica

Era la noche del veinte de diciembre del año dos mil doce, y Raúl recién podía llegar a casa. El trabajo atrasado en la oficina le había impedido regresar antes.

Horacio Peralta siempre le hacía lo mismo: siempre le lanzaba todo el trabajo que tenía que estar listo para el lunes a primera hora cuando la jornada del viernes iba a concluir, obligándolo a permanecer en la oficina cuando la luz natural ya no lo acompañaba.

Y, mientras el que dictaba las órdenes  regresaba a su casa, tal vez contento de que Raúl se quedase a custodiar sus queridos papeles del ataque de los fantasmas que habitaban el viejo edificio de oficinas, el pobre señor Raúl Gómez luchaba, armado con una cafetera de último modelo, contra el sueño y el aburrimiento.

Todo aquello era demasiado para él, y sobre todo en aquella fecha, así que hizo el trabajo que le quedaba de mala gana y con una calidad dudosa, y regresó a su casa a esperar el fin del mundo.

La compulsiva obsesión por cumplir con las tareas le obligaba a terminar su labor antes de marcharse. No quería que el final de los tiempos lo sorprendiera en un acto de irresponsabilidad. ¿A él? No, nunca había sido un irresponsable y no podía pasar a la eternidad como tal.

Y así fue como Raúl regresó a su casa cuando acababa de caer totalmente la noche, cabizbajo, deprimido, dejando caer el maletín sobre los dedos más que sosteniéndolo, y esperando que, por magia súbita del fin de los tiempos, alguien lo estuviera esperando en casa.

Error. Abrió la puerta de su pequeño departamento y allí no había nadie, como siempre.

Se sentó o se desplomó sobre el sofá de color manteca. Los gruesos vidrios de sus anteojos estaban sucios, y se dispuso a limpiarlos con un paño que sacó cuidadosamente de un elegante estuche.

Tenía cuarenta, y en sus proyecciones juveniles había esperado estar casado y tener un empleo apasionante, y quizás unos cuantos hijos que le hicieran renegar, mucho antes de esa edad, pero nada había ocurrido según lo planeado y él estaba solo, justamente ahora que todo acabaría.

De su pequeño y heterogéneo grupo de amigos, era el único que realmente creía que el veintiuno de diciembre del año dos mil doce iba a ser el fin del planeta. Pero había seguido a los mayas tan de cerca… eran tan evidentemente sabios… ¿cómo podían haberse equivocado? ¿O no haber buscado otro trozo de piedra si había más años sobre los que debían escribir? Evidentemente, aquellos observadores del firmamento habían encontrado algo que las personas de la actualidad todavía no sabían.

Se fue a la cama y encendió el televisor en el canal de las noticias. Lo siguió lo más atentamente que pudo hasta que llegaron las cero horas y recibió al famoso día del fin, aún con todos sus miembros juntos. Luego de comprobar que seguía vivo, dejó que el cansancio lo venciera, mientras con la caja proyectora de imágenes seguía parlando sin cesar.

Cuando se estaba despertando, lo primero que pensó fue que le dolía demasiado la cabeza. Sentía que un ejército de tamborileros bailaba dentro de ella. Quizás había dormido demasiado. Se palpó. Estaba entero, pero…

¿Dónde diablos estaba?

cielo apocalíptico

Su cama… su departamento… sus cosas… todo había desaparecido. Había reposado sobre un trapo viejo y deshilachado en una especie de campo semiárido, en algún lugar que él no conocía.

Había extraños hoyos en varias partes del suelo, como si centenares de cerdos hubieran estado escarbando en el lugar.

Luego, en la distancia, observó pasar a alguien corriendo. Su manera de andar era acelerada y extraña. Llevaba un traje (¿o era piel?) grisáceo y ajustado. Intentó seguirlo, pero había desaparecido antes de que lo pudiera detectar nuevamente.

“¡Oh, no, son los extraterrestres! Han venido por nosotros. Los mayas lo sabían. Quizás hasta habían hecho con ellos un pacto de paz con fecha de caducidad. Por eso los hoyos en el suelo… ¡Nos están atacando! He tenido suerte de sobrevivir… quizás me perdonaron por estar durmiendo…”

retrato apocalíptico

Un intenso olor a humo comenzó a llegar hasta sus fosas nasales. Lo siguió. Era un grupo aislado de pastos secos que estaban ardiendo.

Mientras exploraba, encontraba naranjas y ciruelas desperdigadas por el suelo, a medio comer. “¿Los alienígenas comían frutas terrestres?”

Su terror iba creciendo. No sabía en qué momento iba a ser atacado, y entonces vio pasar, otra vez con esa extraña caminata que parecía un baile con saltitos, a dos seres grises, y nuevamente se le hizo imposible alcanzarlos.

Luego escuchó el violento sonido de una explosión, que amenazó con romperle los tímpanos, y cayó al suelo de rodillas, tapándose los oídos con las palmas de las manos y llorando.

El ruido cesó como había comenzado y todo seguía igual.

Vio a seres acercándose en la distancia. Se puso de pie y comenzó a correr en dirección contraria, hasta que entendió que eran humanos. “Supervivientes”, se dijo. Entonces se detuvo.

No tardó en darse cuenta de que eran sus tres amigos, que venían riendo a carcajadas, como si el fin del mundo no les importara nada. “Han enloquecido por el estrés”, pensó Raúl.

—Raúl, hermano, creo que nos hemos excedido… todo esto de drogarte para traerte aquí, desperdigar las frutas, armar un incendio, cavar los pozos… —dijo uno de ellos en algo que podía ser o no una disculpa.

—Creo que no debí dejar que hicieran los pozos. No sé qué le diré ahora a mi padre… “Papá, hay topos en tu estancia” —acotó otro, preocupado.

—Pero con lo de vestirnos de buzos y aturdirte con sonidos de explosiones creo que nos pasamos de raya… Tranquilo, hermano, que no pasa nada. Es veintiuno al atardecer y seguimos aquí —dijo el primero.

Y los amigos de Raúl siguieron riéndose como si aquello fuera lo más divertido del mundo, mientras que los ojos de Raúl amenazaban con emerger de sus cuencas.

cielo nublado

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43 opiniones en “El hombre creyente

  1. Hola, tu historia me parece muy buena, pero sus amigos un poco gamberros. Le dejas al chico un poco fuera de sus casillas. Me gusta, lo has escrito muy bien. Un abrazo. Felix1

    • Muchas gracias por tu comentario, Ever. Hay gente capaz de hacer este tipo de cosas, gustosos de las bromas muy pesadas. Saludos.

    • Sí, debe ser mi modo de vengarme de las personas que no saben donde ponerle freno al humor. Un beso y gracias por comentar.

    • ¡Gracias, Navia! No tengo ni remota idea de cuándo es la próxima profecía, pero ya algo se les va a ocurrir… 😀

  2. Con amigo como estos, ¿quién necesita enemigos?.
    Es un relato que va creciendo y metiendo al lector en la trama de forma sutil, me gustó.
    Un saludo

  3. Vaya broma tan pesada! Yo de Raul no les hablaba en varios dias. Me ha gustado mucho como esta escrito, muy correcto. Un beso

  4. Dorothy: Francamente me pareció un final demasiado elaborado y poco creible.
    De todos modos me pareció buena la elaboración del entorno del personaje, ese si fue muy auténtico.
    Buen escrito: Doña Ku

  5. Al principio le falto algo, creo que explicaste mucho jejeje Pero supiste como darle un buen vuelco, y esa es la idea. Conozco personas que son capaces de eso y mas por molestar la paciencia de alguien. Me agrada tu forma tan ligera de describir y narrar. Felicitaciones. Estaré al pendiente de leerte mas seguido =)

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