El hadita de las desapariciones

 A mis queridos sobrinos: Luisana, Lucas “Junior” e Ihan,

porque los niños saben de amor y saben de magia.

hada en la luz de la lunaHoy vengo a presentarles un cuento de hadas, uno de los primeros que me aventuro a escribir.

Recientemente adquirí un libro con los cuentos de los hermanos Grimm y he disfrutado esa lectura de principio a fin. Quizás se deba a la magia y los mundos fantásticos, tan lejanos que nos permitimos creer totalmente en ellos, o quizás se deba a que me rememoran la voz de mi madre en las noches de mi niñez, cuando nos contaba (y a veces nos reinventaba) muchos de ellos.

Lo cierto es que me he dado el gusto de escribir relatos en esta categoría, que tiene sus propias reglas y su propio encanto, y el resultado es lo que ahora les comparto:

El hadita de las desapariciones

(Agradezco a ese gran amigo que hizo, para este cuento, el hermoso dibujo a lápiz que les comparto más abajo. Dejo su nombre en el anonimato porque así me lo ha pedido).
En un bosque, hace tiempo, hacía travesuras el hadita de las desapariciones

En un bosque, hace tiempo, hacía travesuras el hadita de las desapariciones

 

Hace mucho tiempo vivía una joven huérfana en una pequeña casa, sola desde la muerte de sus padres.

Se dedicaba a amasar y vender pan, y en eso se le iban la mayoría de las horas de su vida.

Mientras tamizaba la harina aquella mañana, pensaba si, como les había sucedido a sus amigas, llegaría para ella también el amor.

En ese mismo momento, en otra parte de la aldea, internado en el bosque, se encontraba un poderoso leñador.

Como había trabajado desde la salida del sol, se detuvo un momento a descansar, sentándose sobre un tronco de árbol partido.

Mientras se secaba el sudor de la frente, algo como un pájaro comenzó a bailotear frente a su rostro. Al poco tiempo entendió que era un hadita, y se cayó del improvisado asiento de la sorpresa.

—No te asustes, leñador. Soy un hada del bosque.

—Oh, sí, ahora puedo verlo. Me has asustado.

—Eso ahora no tiene importancia. No hay tiempo que perder. Tienes que conocer a la joven panadera…

—Sí, la conozco. ¿Por qué me hablas de ella? —le preguntó el joven.

—¡Es la mujer que he elegido para ti! —dijo el hada batiendo sus alitas azules más rápidamente, mientras aplaudía con sus diminutas manos.

—¿De qué hablas? No me interesa. Necesito seguir hachando. ¿No se encargaba Cupido de esas tareas?

El leñador siguió trabajando como si el hadita ya no estuviera allí.

Ese mismo día, horas más tarde, cuando la joven recién llegaba a su hogar, luego de haber terminado de repartir el pan, se encontró con que no tenía muebles. Su pequeña mesa y sus dos sillitas, así como su cama y un pequeño armario donde guardaba ingredientes, habían desaparecido.

Desesperada, fue a buscar dentro de su almohada, donde guardaba sus ahorros. Contó moneda a moneda y comprobó que el dinero solo le alcanzaba para comprar una mesa para poder seguir produciendo pan.

La panadera corrió hacia la casa del leñador y cuando hubo llegado llamó nerviosamente a la puerta.

El leñador salió al instante.

—Buenas tardes, leñador. Me llamo Azucena. Soy la panadera de la aldea.

—Buenas tardes. Soy Juan. ¿Qué necesita?

—¡Alguien robó todos mis muebles! Y… —en ese momento Azucena no pudo seguir hablando porque comenzó a llorar. Para peor, estaba comenzando a llover.

—Pase, por favor —le ofreció el hombre.

Una vez adentro, ella le contó que necesitaba una nueva mesa para poder seguir trabajando, ya que había perdido todos sus muebles.

—Me dijeron que usted es también carpintero y que puede hacerme una mesa nueva.

La muchacha dejó caer todas sus monedas, que produjeron sonidos metálicos al chocar entre sí.

—Es todo lo que tengo —dijo ella.

—Con eso bastará —le contestó el leñador—. Haré una mesa muy bonita para usted.

Los ojos de la joven comenzaron a brillar de ilusión.

—Le regalo la cama que era de mi hermano, que ya no uso, si usted quiere —le dijo él.

Ella agradeció feliz y él le ayudó a llevarla hasta su casa. Azucena durmió tranquila esa noche.

Cuando despuntó el sol de la mañana siguiente, la joven fue a buscar al leñador.

—¿Pudo terminar mi mesa, señor?

—No, señorita. Recién estoy por comenzar. Estaré todo el día trabajando en ella. Puede amasar en casa, si quiere. Le presto mi mesa y mi horno.

—La joven aceptó, ya que necesitaba trabajar, y estuvo cocinando allí varias horas. En ese tiempo, también preparó alimentos para él.

Cuando habían concluido con el almuerzo, él se dio cuenta de que nunca había comido algo tan rico.

Toda su pequeña casa estaba llena de un encantador aroma a pan y al verla sentada a su mesa, frente a él, comprendió que era la mujer ideal para ser su esposa.

Ella se fue al poco tiempo a repartir el pan, y él la extrañó hasta el otro día, cuando la joven regresó en busca de su mesa.

El leñador llevó la mesa nueva hasta la casa de la joven y allí despidió a Azucena, que se encontraba feliz con el mueble que él le había compuesto, con especial atención y calidad, para ella.

Cuando el hombre llegó a su propio hogar, se encontró con que había desaparecido toda su comida. Todo lo que había antes en su huerta ya no estaba. Sus conservas se habían esfumado. No había alimentos.

El hadita comenzó a revolotear otra vez a su alrededor.

—Eres como un mosquito grande, pero más molesta —le dijo Juan.

—Ve y pídele un poco de su pan.

—¿Qué otra opción me has dejado? —dijo el joven fingiendo estar enojado, pero escondiendo una sonrisa.

Cuando le contó a la joven lo que le había sucedido, ella lo invitó a cenar. Le dio pan, ensalada y vino, y él entendió que no podía dejar pasar más tiempo.

—Creo que me he enamorado de usted, Azucena.

La joven se sonrojó.

—Si se casa conmigo, le haré los mejores muebles que usted sueñe…

La joven lo miró con ternura y le dijo que sí.

Ella siguió cocinando el más exquisito pan de la aldea y vivieron juntos en casa de él, donde se dice hasta el día de hoy que se encuentra la mesa artesanal más bella del mundo.

Y claro que fueron felices, y claro también que comieron perdices.

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