El cuarto naipe

Les dejo aquí un relato romántico histórico de mi autoría, en este caso ganador del concurso de relatos del II encuentro de novela romántica en Tarifa.

El cuarto naipe

naipes de corazones

20 de Julio de 1816, Kent, Inglaterra

Cuando el señor Frowen murió, a la edad de cincuenta y dos años, de un mal funcionamiento del corazón, a nadie le causó asombro. Sí dejó a todos con las bocas abiertas, por el contrario, la presencia el señor Towers en Forest Park. Lo que hacía callar hasta a los pájaros que cantaban sobre las ramas y aleros, ignorantes de las tristezas de la muerte, no era la sombra interminable del hombre proyectada por la luz del mediodía, sino sus palabras al presentarse como albacea del testamento del difunto.

Anunció esto con un tono neutral, mientras sostenía con su brazo extendido una carpeta rebosante de papeles, y antes de que la señora y el señor Frowen hijo se hubieran cambiado a sus trajes de luto.

Cuando la viuda bajó a recibirlo, envuelta en sedas y crespones negros, fue incapaz de pronunciar palabra. El hombre le dio su pésame y le preguntó si su hijo tardaría mucho más, a lo que ella respondió que seguramente estaba por llegar.

Cuando Christian Frowen, el hijo mayor del difunto y presunto heredero de la propiedad Forest Park, bajó los peldaños de la blanca escalinata de mármol y llegó a la sala, la madre lo miró con los ojos crispados, sin que él comprendiera por qué. Se miró el atuendo, perfectamente negro a excepción del pantalón que a la altura de la rodilla se abrazaba a las botas, y no encontró en sí mismo nada fuera de lugar. Recibió entonces el pésame de Towers y lo agradeció con cortesía.

—Sé que es un momento difícil para ustedes, y sepan que los acompaño en su dolor, pero necesito cumplir con mi rol. ¿Podemos proceder con la lectura del testamento? —preguntó el hombre, contrayendo las facciones de su rostro en un gesto de compunción.

—¿De qué testamento habla? —respondió de modo espontáneo Christian, que no había sido advertido acerca de la presentación del hombre.

La viuda, sentada en una chaise forrada en un tono amarillo, tomó la mano de Christian y lo miró con preocupación, temiendo lo peor.

—Hijo, el señor Towers ha sido nombrado por tu padre como el albacea de su testamento.

—¿Padre ha dejado un testamento?

La mujer llevó su pañuelito oscuro a sus pequeños ojos azules, que comenzaron a arrojar lágrimas.

—Eso parece…

—Antes de comenzar la lectura, quisiera aclarar, informalmente, que no hay nada de qué preocuparse —aclaró el abogado.

La señora Frowen apartó el pañuelo de la mano y lo miró fijamente, tragando saliva con dificultad.

El hombre había abierto la carpeta y se había aclarado la garganta. Estaba listo para comenzar, cuando la voz de un sirviente anunció a la señorita Caulfield en la salita.

Los inmensos ojos ámbar de la recién llegada miraron la escena con extrañeza. Cuando se había retirado para quitarse la indumentaria que tenía y colocarse en su lugar su antiguo vestido gris, hacía solo media hora, no había allí nadie que no fuera un Frowen. En cuanto al señor Towers, ya habían sido presentados con anterioridad. Se saludaron velozmente y la viuda le indicó que se sentara en la chaise, en el lado que quedaba libre. Ni bien la robusta joven se hubo acomodado, la señora le tomó la mano con fiereza.

—Continúe, señor Towers, por favor… —pidió la mujer.

El hombre leyó una corta declaración escrita, compuesta por el tono y las palabras que solía utilizar el difunto. Solo el acento de la lectura, demasiado parco y acorde al dueño de la voz, parecía no coincidir con lo que había sido el vivaz señor Frowen.

Cuando el discurso terminó, la viuda liberó un tanto la presión que realizaba sobre las manos de los jóvenes y suspiró aliviada, relajando su posición en el asiento. Su hijo, por el contrario, tenía el cuerpo congelado, a excepción de sus ojos de color verde oscuro, que parecían haber crecido.

El joven se pasó la lengua nerviosamente por los labios, sin mover más músculos.

El señor Towers lo miró fijamente.

—¿Podríamos ahora proceder a las firmas de la lectura, por favor? —preguntó el viejo amigo del difunto.

—Sí, claro —respondió la señora Frowen, cuya voz sonaba entonces mucho más ligera de pesares.

Su hijo la miró con un gesto de franca recriminación.

El abogado sacó de su maletín un pequeño tintero y una pluma, que cedió a los Frowen para que firmasen la declaración que había leído, con lo que aseguraban haber quedado enterados.

Alexandra creía estar viviendo una pesadilla. Solo en las pesadillas sucedían, normalmente, sucesos indeseables seguidos de eventos bizarros.

Declaro a mi hijo mayor, Christian Frowen, único heredero de Forest Park y todas sus posesiones bajo la única condición de que contraiga matrimonio en un plazo de seis meses a partir de mi muerte. Este hecho, que en vida tanto he esperado y no he podido lograr, conseguirá finalmente la apresurada madurez de la nueva cabeza de la familia. En caso de no cumplir mi hijo con esta condición, entréguese a mi único hermano vivo, Collin Frowen, todo lo que quedase de mis posesiones, bajo condición de brindar alojamiento en la propiedad a mi viuda y mis hijos menores”.

Cuando el señor Towers consiguió las deseadas firmas, se marchó tan rápido como había llegado, anunciando que regresaría en seis meses.

Christian se puso de pie y comenzó a dar largos trancos a lo largo de la sala, como si quisiera medir las distancias una y otra vez. La madre pareció ignorarlo, ya que, anudando su brazo al de Alexandra, le dijo a esta:

—¡Oh, querida, pensé que lo íbamos a perder todo!

El joven se paró de repente y miró a su madre con una mirada de reptil. Los ojos verdes parecían haberse oscurecido hasta tomar el mismo tono de su ondulado cabello azabache.

Alexandra, que había crecido con Christian y era una vieja vecina y amiga de la familia, miró a ambos deudos alternativamente.

—Señora Frowen, creo que el señor Frowen jamás hubiera hecho algo así —le aseguró ella, en tono reconfortante.

—Pues no deberías estar tan segura, Alexandra. Ya escuchaste su testamento, digno de una persona con poco juicio. ¿Cómo pudo hacernos algo así? —preguntó él, visiblemente indignado, colocando un brazo sobre la cadera y señalando con el otro a una gran imagen de su padre, envuelta en un marco dorado, que colgaba en la pared.

La madre lo miró como si el hijo hubiera dicho una impertinencia.

—No estoy de acuerdo con lo que tu padre hizo, mucho menos con que haya tenido yo que enterarme, siendo su esposa, luego de su muerte, pero tiene razón con respecto a que ya es hora de que te cases.

Christian miró a su madre con la boca abierta durante unos instantes y luego neutralizó el gesto. A continuación, se marchó rápidamente de la estancia, haciendo retumbar la puerta al salir.

—No le hagas caso, Alexandra. Está dolido por la muerte de su padre y confundido por sus designios. Ya lo comprenderá —declaró la señora Frowen, dando varias palmaditas sobre la mano de la joven.

Alexandra no quería ni siquiera imaginar a su amigo en el altar junto a una novia de rostro desconocido, porque de solo hacerlo sentía rabiosos deseos de sacudir la puerta con estrépito, tal como él lo había hecho.

**

El difunto había sido amortajado en un paño de lana y puesto sobre una mesa de tres metros de largo. Allí pensaban velarlo durante al menos dos días que, según la viuda había decidido, se extenderían a tres solo en caso de que al segundo no hubiera podido arribar algún pariente cercano.

Los señores Caulfield habían estado entre los primeros en presentarse a dar el pésame, y se apersonaban allí durante algunos momentos todos los días, pero era su hija, Alexandra, la que realizaba compañía fiel a los Frowen.

Llegada la segunda noche de vela, y ya habiendo decidido que se le daría sepultura en la tumba familiar al mediodía del día siguiente, la falta de un sueño reparador se atestiguaba en las marcas de cansancio en la viuda, Christian y Alexandra. Eran ellos, también, los que estaban sentados en la hilera de sillas más cercanas al fallecido.

Christian estaba seriamente preocupado por el mandato de su padre, que no sabía cómo podría cumplir sin hacer a un lado su felicidad.

Miró a Alexandra y le contempló el cabello rubio y pulcro, el rostro pálido, los ojos a medio cerrarse por el cansancio, sin saber si era el cariño por él o por su madre lo que la mantenía ahí, firme como un guardián de acero. A la luz de las velas que inundaban de tonos anaranjados toda la sala, los ojos ámbar, que se habían dirigido unas cuantas veces a él, parecían los de un animal, singular efecto que los interiores iluminados causaban en la dama.

Tragó saliva.

—Ayer, un rato antes de que me retirase a descansar unas horas, estuve revisando los libros de contabilidad de mi padre…

Ella giró su rostro y lo miró, sin poder disimular el sueño que sentía.

—¿Hay algún problema con ellos?

—Unos cuantos… No son insalvables, pero todos son mi responsabilidad.

—Eres un derrochador, siempre te lo he dicho —comentó ella, sacudiendo un poco la cabeza por si el cansancio pudiese quitarse como el polvo.

—Y yo jamás he tenido el descaro de desmentirlo —contestó él—, pero no creía a mi padre cuando me decía que mis gastos le causaban serios problemas con las finanzas. Siempre pensé que era un método por el cual me amenazaba para que hiciera un uso más controlado del dinero, pero no era así.

—¿Te sientes culpable por eso? —preguntó ella, procurando descubrir la respuesta en sus ojos.

Él se mordió el labio inferior y asintió, mientras miraba al cadáver de su padre.

—¿Crees que yo me lo merecía? —preguntó él, temeroso de escuchar la respuesta.

—¿A qué te refieres?

—Al testamento.

Ella lo miró y suspiró.

—No podría asegurar que las condiciones fueran merecidas, pero sí te mereces algún tipo de tratamiento para volverte un hombre responsable.

—Sabía que dirías eso —respondió él, desanimado.

—¿Preferirías una mentira?

—No, claro que no.

Él no se atrevía a confesarlo, pero lo que prefería era alguna sutileza, alguna oración o sola palabra que cada tanto hablara de algo bueno y valioso en él, algo que no fuera un reproche o un error, algo que le hiciera sentirse digno de admiración. Deseaba eso especialmente de parte de Alexandra, pero comprendía que su deseo rozaba lo irrealizable.

—¿Te sientes bien? ¿No deseas ir a descansar? Yo puedo encargarme de todo —le dijo ella, en un tono de susurro que le sonó casi dulce.

Él volvió a mirarla.

—Tienes unas enormes ojeras… —continuó ella.

—Tú también —le respondió él, sinceramente.

—Oh —exclamó la joven, estirándose la piel de los párpados inferiores.

—Alexandra…

—Dime.

—¿Te convertirías en mi esposa? —susurró Christian.

Había otras personas en la sala, distantes de ellos, que conversaban en un tono demasiado bajo.

Ella lo miró intensamente, achicando un tanto los ojos.

—¿Qué has dicho?

—Te pregunté si te querrías casar conmigo —respondió él, con la misma neutralidad.

—¿Por qué querría casarme con alguien que quiere usarme para obtener una propiedad a su nombre?

Él sostuvo su frente con la mano derecha, la más cercana a ella. Se había imaginado una respuesta como aquella, pero había decidido aventurarse a pesar del riesgo. Ahora se arrepentía.

—Con un no hubiese sido más que suficiente, y no es necesario que hables en ese tono de voz tan elevado.

—Tú estás susurrando…

—Es un asunto personal… y un tanto extraño.

—¡Ah! ¡Te has dado cuenta de que es extraño! —exclamó ella, cruzándose de brazos—. Quizás en el mundo de tu imaginación tan musical era normal proponer matrimonio en un velatorio.

Los demás presentes comenzaban a mirarlos, y Christian se sentía más incómodo.

—Ya comprendí.

—¡Cuánto me alegro!

—Pero tú pareces no comprender. No comprendes que yo debo casarme y que tú estás ya un poco entrada en años. Con veinticinco primaveras ya cumplidas, no te va a ser fácil conseguir marido.

La joven tardó unos segundos en responder, lo que, tratándose de Alexandra, significaba que había recibido un golpe bajo.

—Eso fue realmente vil —le espetó ella, mirándolo con rencor.

—Desmiéntelo —lanzó él.

Ella se puso de pie como si hubiera un resorte en la silla y se marchó de allí sin volver a gastar palabras en Christian.

Él se sintió frustrado. Tenía que convencerla o enamorarla, y eso tenía que ser cuanto antes, pero… ¿no podía haber encontrado un método menos ruin?

**

La joven continuó acompañando a la familia al día siguiente, y se quedó con la viuda, que seguía llorando cada tanto en ataques de desconsuelo, cuando se llevaron el cuerpo en procesión hasta el camposanto. Actividades como un entierro estaban vedadas para las damas, consideradas como mucho más sensibles que los caballeros, y en el caso particular de la señora Frowen, cuyos nervios no habían hecho más que crisparse con el paso de los días, la convención social no se equivocaba.

Cuando por fin regresó Christian, con el que Alexandra se dirigía pocas palabras desde el más fatídico pedido de matrimonio que había recibido jamás, se permitió marcharse a su casa a descansar, contra todos los pedidos de la madre y del hijo, que le suplicaban que descansara mejor antes de emprender viaje.

No supo nada de la familia durante una semana y media, tiempo en el que se esperaba que un hombre guardara luto con reclusión. Sabía que la señora Frowen probablemente valorara su presencia, pero no estaba dispuesta a volver a compartir tantas horas con Christian, quien la había herido profundamente.

Sí, ella deseaba ser su esposa, llevaba años deseándolo, pero no bajo esas circunstancias, no porque fuera la que se encontrara más cerca de él y pareciera ser una dama útil para dejar de preocuparse por el extraño testamento de su padre. Aquello era humillante.

Pero como las cosas no suceden siempre como las esperamos, el señor Frowen fue prontamente anunciado en su casa.

Mantuvo una corta conversación con ella y su madre, haciéndoles conocer el estado emocional tan delicado en que se hallaba su madre y lo bueno que sería tener a su lado a una joven como Alexandra, tan entendida en la lectura, para que pudiera consolarla leyéndole, como a veces había hecho su difunto padre.

El rostro de tinte infantil de Christian se había repuesto, probablemente al recuperar el sueño, y su comprensivo discurso convenció a la señora Caulfield, no así al señor, que consideraba que su hija no tenía por qué ser dama de compañía de nadie. Pero la señora intercedió y le hizo ver lo bien que se vería ante la sociedad que ambas familias se prestaran ayuda mutuamente y, a regañadientes, logró que el señor Caulfield accediera a que Alexandra se mudara unas semanas a Forest Park.

La joven nunca había sido interrogada al respecto, por lo que comprendió que su opinión no importaba demasiado. Se dijo que tampoco ella era capaz de decidir si deseaba o no marcharse hacia aquel lugar.

Guardó en un baúl toda la ropa en tonos oscuros y apagados que pudo encontrar y viajó con Christian Frowen en el carruaje de la familia.

En cuanto los dos se hallaron dentro del transporte, el ambiente comenzó a tensionarse. Ella miraba por la ventanilla de modo obsesivo, como si no se conociera de memoria aquel paisaje, y tamborileaba sobre el mullido y aterciopelado forro del asiento.

—Alexandra, debo pedirte disculpas —comenzó él—. He sido un verdadero salvaje al hacerte una propuesta tan seria en un momento tan triste y de un modo tan rudo. No quería decir que fueras indigna de recibir propuestas matrimoniales de otros hombres, nada más lejos de eso, solo quería decir que los hombres, extrañamente, suelen preferir mujeres muy jóvenes. Digo extrañamente porque eso no suma a la sensatez en la administración de la casa por parte de de la nueva señora —hizo una pausa breve—. Fui muy poco hábil al comunicarme. Creo que lo hago mejor con el violín que con las palabras…

—De seguro —le dijo ella, sin mirarlo, sabiendo que era realmente capaz con el violín.

—Mira, tengo objetivos serios y nobles contigo.

Ella lo miró, con el mentón demasiado alto, sin creerlo del todo. Pocas veces tenía la oportunidad de ver sus ojos tan de cerca, tan amables, tan alegres y tan brillantes.

—¿Como cuáles?

—Me gustaría comprar, con el tiempo, una propiedad como Forest Park, que fuera nuestra, donde pudieras ser la señora de la casa. Soy un niño, ya lo sabes, y necesitaré alguien que cumpla con el rol de madre. Me gustaría que pudieras ser como mi madre, la señora Frowen.

Las palabras resonaron una y otra vez en la mente de Alexandra como si fueran tañidos de campanas. “Me gustaría que pudieras ser como mi madre”. Se imaginó vestida como ella, desmayándose una vez por día, a todos corriendo a su alrededor para acercarle sus sales, apurando al personal de servicio, menospreciando a su esposo como si no fuera capaz de hacer nada bueno en la vida…. Sintió asco de sí misma y de su imagen del futuro.

—¡Pues yo no quiero ser como tu madre! —contestó sin pensarlo siquiera.

—¿Por qué? —respondió él, como si le hirieran el apellido.

—Porque no quiero estar desfalleciendo siempre que haya problemas ni requiriendo siempre la atención de todo el mundo, como si nadie más tuviera preocupaciones además de mí. Yo no quiero ser así, y no me interesa ser tu madre. Ya tienes treinta y un años —le dijo ella, sacudiendo los bucles que caían libres de su peinado recogido mientras negaba con la cabeza.

—Pues no creo que seas muy diferente a ella—le dijo él, con un tono que rayaba el desprecio.

Alexandra estaba segura de haber dicho la verdad y no se arrepentía de haberlo hecho. El motivo por el que Christian nunca se había casado era claro. No era solo porque fuese un irresponsable derrochador que no tenía medios para mantenerse ni a sí mismo antes de que su padre muriera, también se trataba del peor conquistador que había sobre la faz de la tierra. Sus habilidades para el cortejo eran similares a las de las bestias.

**

Para Christian fue casi doloroso encontrarse a Alexandra fervientemente enojada con él en cada ocasión que compartían juntos. Su madre no percibía la tensión, dado que era poco proclive a fijarse en los demás o preocuparse por ellos, y la flamante viuda estaba muy feliz de contar con una compañía femenina de su misma clase en casa, tanto así que parecía que no estaba dispuesta a dejarla ir jamás. Christian admiraba la entereza con la que Alexandra la soportaba.

El tiempo seguía pasando, y cada vez que escuchaba un desplazamiento de la aguja del reloj recordaba que el tiempo se marchaba al galope.

Su madre ya había tenido ocasión de decirle, al menos una vez por día, que debía conseguir esposa antes de los tres meses, que no podían estar especulando hasta un último momento, por si hubiera un atraso en la ceremonia por cualquier cuestión que pudiera aparecer. Él sabía que tenía un deber con su familia, pero también que tenía uno con su corazón, y no se sentía capaz de traicionar a ninguno de los dos por el otro. La única manera de poder cumplir con ambos era lograr que Alexandra, la perfecta y rabiosa Alexandra, se fijase en él como un marido digno y no como el hermano o amigo que siempre había parecido ser.

La noche anterior, luego de la cena, ella había tocado el pianoforte con una comprensión musical tan exquisita y tan conocida por él que se le había hecho imposible contener la tentación de ir en busca de su violín y acompañarla. La música había sido tan perfecta, la unión tan ideal, que estando a la mitad de la canción cerró los ojos y se imaginó que se estaba entregando a él, con cada nota y cada silencio, que eran como secuencias de caricias y quejidos en que se entregaban amor. Solo una mujer con un espíritu refinado y sensible como el de Alexandra podía entender así a su violín. Lamentaba todas las noches, durante largas jornadas de pensamientos de pesadilla antes de dormirse, que no comprendiese al violinista como comprendía al instrumento.

A la semana recibieron una visita de parte de la señora Caulfield, que expresó su deseo y el de su marido de que los deudos estuvieran superando su pérdida lo mejor que el ánimo humano pudiera hacerlo.

La viuda invitó a la madre de Alexandra a un té con unos bizcochos, a lo que la invitada aceptó encantada.

Como Christian no estaba totalmente seguro sobre los sentimientos reales de Alexandra hacia él, que nunca habían sido confesados, y necesitaba ardientemente y con urgencia saberlos, ya que la ansiedad, no sabía si de enamorado o de responsable de familia, lo consumía, se decidió a jugar su tercer naipe.

Cuando todos habían terminado de beber el té, aprovechó un silencio para iniciar una conversación:

—Madre, sobre el tema que venimos hablando este último tiempo, creo que ya sé dónde debo buscar esposa.

Ambas señoras lo miraron, asombradas, mientras Alexandra agujeraba con la mirada la tacita de té.

—¿Dónde has pensado que puedes encontrarla, Christian?

—¡En Londres! Puedo alquilar un departamento y dedicarme a asistir a cuanto baile allí se celebre. Hay demasiadas damas y algo tendré que conseguir.

—¿Damas londinenses? —le preguntó su madre.

—Damas de donde sean, mientras sean damas —respondió él, sacudiendo la mano como si aquello no tuviera importancia, y mirando a Alexandra.

Al instante se dio cuenta de que su gesto había sido evidente, porque la señora Caulfield lo observó y luego clavó la vista en su hija.

—También hay damas en la campiña —comentó Alexandra, a la que parecía que los ojos iban a rompérsele de tanto tensionarlos.

—Claro que sí, pero hay muchas menos por metro cuadrado —le respondió él, divertido por su reacción, interpretando que aquello era un síntoma de que estaba enamorada de él.

—¿Desea una esposa o simplemente alguien que diga “sí, acepto”?

—¿No es lo mismo? —respondió él, mostrándose histriónicamente confundido.

—No lo creo —concluyó ella.

Él no lo supo, pero la señora Caulfield tomó la mano de su hija por debajo de la pequeña mesa hexagonal de té.

A los minutos, después de que la conversación diera un vuelco y mientras se hablaba sobre las diferentes maneras de teñir de negro la seda, ella pidió permiso para retirarse a tomar aire en los jardines, aduciendo que no se sentía bien.

**

El cielo estaba compuesto por saludables nubes rosadas. El aire del jardín olía limpio, a diferencia de todo lo que había en el interior de la propiedad de Forest Park, que parecía viciado. La señora Frowen, por algún temor a las ventiscas que no había en verano y sin ningún consejo médico, aseguraba que no se debían abrir las ventanas demasiado a menudo.

Siguió la línea de los ligustros, recortados de modo perfecto para tomar forma de simpáticos montículos, hasta llegar al inicio del bosque.

Miró hacia atrás. Alguien la miraba desde la sala del té. Probablemente se tratara de Christian, ya que podía distinguir una figura masculina totalmente vestida de negro. Para ser invisible para él, caminó sin ingresar en el bosque durante varios minutos y luego se internó, mucho más allá de lo que le era conocido.

Allí, entre una mata de hierba silvestre, se sentó con las piernas constreñidas contra el pecho, abrazando sus rodillas. Inclinó levemente la cabeza y se permitió llorar. Bañó las setas pequeñas que por allí creían con tanta humedad que los hongos debieron de sentirse felices de poder beber de su amargura.

Al volver a elevar el rostro, no sabía cuánto tiempo había pasado en ese lugar descargando su pesar, pero podía estimarlo en media hora.

Comenzó a escuchar, como si fuera el silbido del viento o un rumor de sauces, a su madre profiriendo algunas palabras para que regresara.

Cerró los ojos. Le ardían mucho. Seguramente tendría el rostro, ya de por sí dotado de una redondez innegable, hinchado como una rana. No regresaría en esas condiciones.

Se internó todavía más en el bosque, desesperada por no ser encontrada, en feroz defensa de su orgullo. Cuando dejó de escuchar la voz de su madre, se sentó sobre un tronco de árbol derrumbado en el piso y se permitió respirar con más calma. No sabía inventar excusas o mentir. Aquello escapaba a sus habilidades sociales. No se le ocurría un buen modo de explicar lo que le sucedía sin confesar que llevaba muchos años amando a Christian, preocupada por su inmadurez y su vida licenciosa, llena de derroches e inconsciencia.

Pero el cielo rosado del atardecer duró poco, y rápidamente dio paso a la noche. Cuando las sombras comenzaron a crecer y solo quedaba el perfume del sol para alumbrarla, se decidió a volver. Fue y vino en varias direcciones y sentidos, logrando regresar al mismo tronco que le había servido de asiento, pero no emerger del bosque.

Se había perdido.

**

Desde que Alexandra se había levantado de la mesa, visiblemente ofuscada, la tensión en él no había hecho más que crecer, desdibujando la deliciosa sensación de sentirse correspondido en su afecto.

Para cuando llegó la noche, la preocupación ya se lo había tragado. Imaginaba que la joven se había perdido al internarse en un bosque que no conocía.

Ordenó a los sirvientes que hicieran una antorcha que durara un buen rato y rebuscó entre esos objetos que casi nunca usaba hasta encontrar la brújula que le había regalado su padre cuando él aún era un niño. Observó también un plano de la propiedad, para asegurarse de la dirección que debía tomar a la hora de regresar.

Se fue entonces en su caballo favorito, con la antorcha en una mano y muchas ganas de estrujarse el cuello con la otra.

Las sombras eran espesas y cualquier ruido en aquel lugar causaba temor.

Se detuvo y consultó su reloj. Llevaba casi cuarenta minutos en su caballo, gritando el nombre de Alexandra. Oró a Dios, aunque no era demasiado devoto, que le permitiera encontrarla sana, que la ausencia de su respuesta se debiera a la lejanía y no a un desmayo o algún motivo peor.

El bosque que lindaba con Forest Park era demasiado inestable, barroso, lleno de matas de diferentes árboles, y huecos y profundidades aquí y allá. Por su parte, la luna creciente que el azar había colgado del cielo esa noche poco ayudaba en la tarea de búsqueda.

Siguió gritando el nombre de ella con la voz ya un poco ronca, mientras avanzaba por el lugar.

En un momento creyó escuchar una respuesta. Algo así como la palabra “aquí”. No estaba seguro de si podía ser un búho o algún otro tipo de ruido propio del lugar, pero entonces volvió a resonar en su oído, esta vez más claro.

—¡Aquí!

Era la voz de Alexandra. Christian sonrió como llevaba tiempo sin sonreír.

—Sigue gritando. Seguiré tu voz —le pidió él.

Luego de varios minutos de concentración en el único sentido del oído, para lo cual resultó útil su sensibilidad acústica de músico, y tras unos cuantos cambios en la ruta, la encontró.

Un lobo, con la boca abierta y visiblemente emocionado ante su fresa, la tenía atrapada contra un árbol.

Christian ordenó a su caballo que avanzase con la intención de interponerse entre los dos, pero el animal se negó. Se bajó sin más dilación y comenzó a mover la antorcha, que aún llameaba, balanceándola con violencia de un lado a otro delante del rostro del animal, que comenzaba a cederle espacio y se notaba nervioso. El olor a pelo quemado les indicó prontamente que la bestia había sido herida. Después de ello y sabiéndose en desventaja, el canino huyó.

Ella se abalanzó sobre él y comenzó a sollozar sobre su pecho. Christian la arrulló, la abrazó y la consoló.

Alexandra temblaba.

—¿Tienes frío? —le preguntó él.

Ella hizo un movimiento de asentimiento.

—Toma —le dijo, ofreciéndole su chaqueta negra.

Ella se envolvió en la prenda y disfrutó del aroma a él que emergía de la prenda.

—Gracias por venir a buscarme.

Él suspiró.

—Fue mi culpa que te perdieras. Supongo que te incordié demasiado. Te pido humildemente disculpas, aunque tal vez no las merezca.

Ella lo miró. Sus ojos estaban húmedos de una humedad que la antorcha no podía secar.

—Mi padre tenía razón, siempre la tuvo.

—¿Sobre qué?

—Sobre que si no contraigo matrimonio seguiré siendo un inútil, derrochador, estúpido y sin norte, como lo he sido siempre. También sabía que tú podías salvarme y que yo no elegiría a otra dama por esposa. Mi padre siempre fue un gran estratega, por eso le fue tan bien en la armada.

Él sonrió con tristeza, apretando los labios.

—Volvamos. Debes estar cansada y hambrienta —le ofreció Christian, mientras frotaba sus manos para generarle calor.

—Espera… —le pidió ella, tomándole el brazo con firmeza.

Él la miró a los ojos como si ya no quedara nada por confesar.

—¿Es verdad lo que dices acerca de que no elegirías a otra esposa?

—Por supuesto. Lo que dije durante la reunión del té fue solo para hacerte rabiar, procurando producirte celos y acertarte a mí, porque no tengo idea de cómo se debe conquistar a una dama… Ya ves que todo me ha ido de mal a peor —dijo él, restregando una bota contra el suelo barroso y formando un hueco profundo con ella.

—¿Y por qué dices que no podrías pedírselo a otra dama?

—Porque mi imbecilidad tiene un límite. No debería casarme con una mujer cuando llevo siete años enamorado de otra.

Ella se apoyó dulcemente sobre su pecho y volvió a los sollozos.

—Pero no llores, por favor. Lo que te dije el día en que velábamos a mi padre fue otro desacierto mío. Buscaba convencerte de que me dijeras que sí. Llegará el caballero que te valore y se case contigo, al que puedas corresponder… Con seguridad que llegará…

—Es que no quiero eso…

—No te cases entonces. Eres rica. ¿Para qué querrías complicarte con un marido? No debes escuchar mucho a las matronas, eso no te ayudará.

—Sí deseo casarme, pero contigo.

Él le tomó el mentón en una mano y se lo elevó. Luego le hizo a un lado los mechones de cabello que habían escapado de su peinado y le cubrían la cara. La miró con desconfianza.

—Si esto es una venganza por mi maltrato, debe saber que es muy cruel. ¿Te burlas de mí?

Ella negó lentamente con la cabeza, mientras lo miraba como si estuviera bajo el efecto de una hipnosis.

Él se acercó a sus labios con lentitud, como un modo de pedir permiso para tomarlos, y ella no se alejó ni un centímetro de él; por el contrario, cerró los ojos en espera del contacto.

Los labios la acariciaron con firmeza y dulzura, abriendo su boca al paso. En poco tiempo se encontraron compartiendo los sabores y los alientos.

Él la aferró con más fuerza con la mano que tenía libre. El beso duró varios minutos, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a separarse. Finalmente, ella se alejó y le sonrió.

—No puedo recordar una noche más feliz ni más rosada que esta —le dijo él.

—¿Rosada?

Él le señaló hacia el cielo oscuro, adornado con una mancha de luz con forma de uña poco crecida y cientos de distantes luciérnagas.

—¿No la ves tú rosada? —le preguntó Christian.

Ella suspiró mirando al cielo.

—Oh, sí, sí que es rosada —le contestó ella.

Le dejó un beso en la frente y luego la tomó de la mano y la llevó hasta el caballo. Colocó las manos juntas, formando un escalón para que pudiera subirse a la silla de montar de lado, y ella así lo hizo. Luego se subió él al animal, ubicándose luego sobre su propia montura, delante de ella.

La condujo hacia fuera del bosque, guiado de a ratos por su brújula, pero no tan rápidamente como hubiera podido. Deseaba seguir sintiendo la mano de la joven asiendo el costado de su cintura y su cabeza apoyada en la espalda, y disfrutar de la libertad de detenerse unos minutos durante la marcha para mirarla y besarla nuevamente. Ese día conoció de Alexandra sus orejas, su cuello y su escote a profundidad, como ellos y las hayas bien lo recordaron durante muchos años.

Cuando regresaron a la vivienda, encontraron que las señoras los aguardaban alteradas y dispuestas a seguir absorbiendo el olor de sus botellas con vinagreta, en un intento gallardo de no desmayarse. Ellos, por el contrario, lucían radiantes y parecían venir del paraíso.

Al día siguiente, cuando los ánimos con respecto al hecho de la desaparición de Alexandra se habían calmado, anunciaron su casamiento.

FIN

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