10/31/13

Amor de siesta

Esta noche es Halloween.

Un poco de documentación:

Halloween tiene su origen en una festividad céltica conocida como Samhein, que deriva del irlandés antiguo y significa fin del verano. Los antiguos britanos tenían una festividad similar conocida como Calan Gaeaf. En el Samhain se celebraba el final de la temporada de cosechas en la cultura celta y era considerada como el «Año nuevo celta», que comenzaba con la estación oscura.

Los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el Otro Mundo se estrechaba con la llegada del Samhain, permitiendo a los espíritus (tanto benévolos como malévolos) pasar a través. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados mientras que los espíritus dañinos eran alejados. Se cree que el uso de trajes y máscaras se debe a la necesidad de ahuyentar a los espíritus malignos. Su propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maligno para evitar ser dañado.

¡Gracias, Wikipedia!

halloween

Esperemos que los celtas hayan estado equivocados y ninguna línea se estreche hoy pero, aprovechando la oportunidad, les traigo una historia contada por un personaje muy clásico (y muy temido) del mundo de las leyendas del noroeste argentino. Este ente, según se dice, suele tener manifestaciones físicas como aparecerse a los niños para invitarlos a jugar o apedrear los techos de las casas.

Nota: En el NOA llamamos bolillas a las canicas.

Espero que les guste y gracias por leerme.

Aquí está el cuento:

Amor de siesta

 

Les voy a contar la historia de mi primer amor. Bueno, en realidad no recuerdo bien si fue el primero, quizás no.

La descubrí una siesta en la que andaba escondido entre los yuyos, buscando niños con los cuales jugar. Ella estaba en el fondo de su casa, saltando una soga infantil de color fucsia y mangos amarillos. Con su rostro dulcemente pecoso y su cabello rojizo, era lo más extraño (y hermoso) que había visto hasta aquel momento. En aquella misma hora supe que me había enamorado. Ya no me importaba ni mi preciado frasco de bolillas ni el sol sin tregua de aquel enero.

Mi primer acercamiento fue tímido, pero no lo suficiente como para ser inútil. Armé el ramo de flores silvestres más bonito que se puedan imaginar y, con mi rostro casi totalmente cubierto por mi gran sobrero, me acerqué hacia ella y le dije que me llamaba Jórgamol, extendiéndole el regalo.

flores silvestres

 

Ella tardó un poco en responder, pero lo aceptó con un “gracias” delicioso dicho por los labios más bellos que se han creado.

Consideré que era demasiada emoción por aquel día y me fui sin más, procurando guardar para siempre en mi memoria la ubicación de aquella casa.

Al día siguiente, fui a buscarla al lugar en que la había conocido, a la misma hora. Esta vez le llevé miel, y nuestra conversación fue un poco más extensa, ya que se mostraba reticente a aceptar mi obsequio.

—Mis padres me han dicho que no puedo aceptar comida de extraños —dijo la niña, de la que yo todavía no sabía el nombre.

—No soy un extraño. Ayer me conociste. Ya hasta sabés cómo me llamo. Aceptálo, por favor. Es una miel muy rica.

—Creo que mi mamá se enojaría…

—Decile que te la ha regalado cualquier otro chico de la escuela…

Ella titubeó durante un buen rato, pero al fin cedió:

—De acuerdo.

Aquel mismo día, con mucha insistencia, logré que me dijera su nombre. Se llamaba Sofi. Para mí, sonaba como la mejor melodía que se podía escuchar en el campo acunado por la brisa, en los ríos torrentosos de la montaña, en las cuevas ocultas o los charcos llenos de sapos.

Durante toda esa semana yo había dejado de reunirme con Marquitos en las horas de la siesta, sin saber si me estaría extrañando o no. Las siguientes veces en que fui a visitar a Sofi, que por aquel entonces era todo para mí, ya no llevaba mis bolillas: con las niñas no se podía jugar a eso. Debo admitir, aunque no quiero hacer alarde, que yo tenía una buena cantidad de bolillas de Marquitos, que le había ganado jugando en justa regla y él todavía tenía esperanzas de recuperar durante alguna tarde.

La amistad entre Sofi y yo fue creciendo y, aunque siempre tuvimos que mantenerla en secreto, contábamos con la ventaja de que, a las horas en que jugábamos, el padre de la niña estaba trabajando y la madre durmiendo la siesta.

duende

En muchas ocasiones me ubicaba por detrás de su hombro mientras ella vestía o hacía hablar a las muñecas, para poder observarla sin que me mirara de frente y para poder rozar levemente sus cabellos trenzados sin que se diera cuenta. Sí, es así como suena. Era, en cierta forma, un mendigo de su cariño.

Era feliz a mi modo, a pesar de que por las noches me perturbaba la idea de que ella no me quisiera como yo a ella y de que, al mostrarle mi rostro, que siempre permanecía parcial o totalmente tapado por mi sombrero, saliera corriendo y no quisiera verme nunca más. Poco a poco fui juntando valor y haciéndome a la idea de que algún día iba a tener que mostrarle mi verdadera naturaleza, y esperaba que en ese momento nuestra amistad fuera lo suficientemente fuerte como para que, al menos, me dejara explicarle que lo que se decía sobre mí era en gran parte mala publicidad.

Pero la pequeña alegría iba a durar poco.

Marquitos, aburrido al no tener nadie con quien jugar, ya que sus amigos humanos estaban de vacaciones y yo muy ocupado en conquistar a Sofi, se apareció un día en casa de mi niña. Como no sabía si podía confiar en él con respecto a mi amistad con ella, preferí esconderme entre unas cañas, y desde allí los observé, jugando juntos y felices durante toda la tarde.

Para gran dolor de mi sí existente corazón, no necesité verlos durante mucho tiempo para entender que no lo veía como a mí. Cuando estaba a su lado sonreía más, mucho más. Con él hablaba también mucho más. Conmigo siempre había dado respuestas secas a miles de preguntas que yo le hacía, pero con él conversaba. Las mejillas se le sonrosaban con él, conmigo no. Con Marquitos había demostrado ser otra persona.

Sin necesidad de ver más, dejé la bonita rana que había cazado para regalarle y que tenía en un frasco, y me marché hacia el monte, desilusionado por la traición de quien había considerado un amigo, y por la hipocresía y falta de sensibilidad de quien tenía mi corazón.

Pero tal cosa no iba a quedar así. Era necesario un justo escarmiento, al menos para el muchacho. Con ella ya vería después qué hacer. Quizás mostrarle mi rostro a plena luz del día fuese una experiencia lo suficientemente horrible. Después de todo, a ningún humano, ni siquiera a aquellos a los que les gustaba jugar conmigo a las bolillas, le gustaban mis dientes afilados.

Al día siguiente, sin perder más tiempo y a primeras horas de la siesta, fui en busca de Marquitos. No me sorprendió encontrarlo por el camino a casa de Sofi.

—Amigo, llevamos mucho tiempo sin jugar. ¿Dónde has estado? —le pregunté.

—Pues… fuiste vos el que se desapareció…

—¿A dónde vas? ¿Querés que juguemos? —le dije abriendo el frasco que llevaba en mi mano de lana y mostrándole las bolillas más bonitas de las que había hecho acopio en todos esos años. Eran bolillas hechas con piedras preciosas y brillaban de modo alucinante. Nunca me hubiera permitido perderlas y sabía que serían una carnada irresistible.

—Dale… vamos… —me contestó, para mi placer.

Caminamos juntos hasta el monte, donde era difícil que nos encontraran y donde siempre nos escondíamos para poder jugar en paz. Yo prefería mantenerme en mi terreno, porque era más seguro para mí, y hacía tiempo había logrado convencerlo de que era mejor jugar por esas zonas, explicando ciertas cosas sobre la superficie y su facilidad de deslizamiento que ya no recuerdo pero que eran muy convincentes.

Jugamos durante varias horas y me quedé con todas sus bolillas, pero eso era poco para mí.

bolillas

Cuando llegó el atardecer, Marquitos aseguró que tenía que irse o su mamá iba a retarlo y a darle un castigo.

Yo lo agarré con firmeza con mi mano de lana, para poder pegarle con la de hierro varios coscorrones en la cabeza, y así lo hice, mientras él respondía gritando, llorando y sacudiéndose como una niña, intentando zafarse de mi apriete.

La venganza duró poco. La madre de Marquitos lo buscaba con desesperación y se estaba acercando hacia donde estábamos nosotros. Tuve que soltarlo y dejar todo para huir de allí cuanto antes.

Cuando llegó, Marquitos le contó entre sollozos lo que había pasado.

—Ya está, hijo, ya está. Menos mal que pude llegar. Sofi te fue a buscar a la casa y me dijo que tenías que ir a jugar con ella pero no habías aparecido…

La mujer lo consoló y se lo llevó con ella, aunque el temor se leía claramente en su rostro, y en su gesto de mirar hacia todas las direcciones como si yo fuera a atacar por la retaguardia, cosa que nunca me había resultado divertida.

Esa vieja volvió al rato, sin darme tiempo para volver a recoger mi frasco, y regó con agua de una botellita de plástico blanco todo el lugar donde jugábamos con Marquitos. Como el terreno quedó bendecido, ya no puedo pasar por él.

Ese miserable me quitó mi monte, se quedó con mis mejores bolillas y conquistó a mi niña, así que déjenme decirles, para terminar, que el amor no es un buen negocio para ningún duende.

Fin

05/8/13

El cuarto naipe

Les dejo aquí un relato romántico histórico de mi autoría, en este caso ganador del concurso de relatos del II encuentro de novela romántica en Tarifa.

El cuarto naipe

naipes de corazones

20 de Julio de 1816, Kent, Inglaterra

Cuando el señor Frowen murió, a la edad de cincuenta y dos años, de un mal funcionamiento del corazón, a nadie le causó asombro. Sí dejó a todos con las bocas abiertas, por el contrario, la presencia el señor Towers en Forest Park. Lo que hacía callar hasta a los pájaros que cantaban sobre las ramas y aleros, ignorantes de las tristezas de la muerte, no era la sombra interminable del hombre proyectada por la luz del mediodía, sino sus palabras al presentarse como albacea del testamento del difunto.

Anunció esto con un tono neutral, mientras sostenía con su brazo extendido una carpeta rebosante de papeles, y antes de que la señora y el señor Frowen hijo se hubieran cambiado a sus trajes de luto.

Cuando la viuda bajó a recibirlo, envuelta en sedas y crespones negros, fue incapaz de pronunciar palabra. El hombre le dio su pésame y le preguntó si su hijo tardaría mucho más, a lo que ella respondió que seguramente estaba por llegar.

Cuando Christian Frowen, el hijo mayor del difunto y presunto heredero de la propiedad Forest Park, bajó los peldaños de la blanca escalinata de mármol y llegó a la sala, la madre lo miró con los ojos crispados, sin que él comprendiera por qué. Se miró el atuendo, perfectamente negro a excepción del pantalón que a la altura de la rodilla se abrazaba a las botas, y no encontró en sí mismo nada fuera de lugar. Recibió entonces el pésame de Towers y lo agradeció con cortesía.

—Sé que es un momento difícil para ustedes, y sepan que los acompaño en su dolor, pero necesito cumplir con mi rol. ¿Podemos proceder con la lectura del testamento? —preguntó el hombre, contrayendo las facciones de su rostro en un gesto de compunción.

—¿De qué testamento habla? —respondió de modo espontáneo Christian, que no había sido advertido acerca de la presentación del hombre. Continuar leyendo

03/6/13

El concurso del arcoíris

El concurso del arco iris

En un pueblito lejano, hace mucho tiempo, todos los ancianos solían relatar la leyenda de las tejedoras del arcoíris.

Según aseguraban, si alguien se aventuraba a ir a una cascada o un río mientras el arcoíris estuviera presente en el cielo, sería posible observar sobe las rocas a un gran número de pequeñas ninfas tejiendo con dos agujas grandes y con hilos de oro.

Se contaba también que aquellas mujeres hacían una competencia que terminaba cuando el arcoíris desaparecía. La que hubiera completado el vestido más hermoso durante ese tiempo sería la ganadora del certamen.

Estas competencias nunca habían podido ser vistas por un humano desde cerca, ya que las ninfas tenían muy buen oído y eran muy escurridizas. En cuanto escuchaban un ruido entre las ramas, todas huían y se escondían.

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